Vive una tarde en una casa auténtica de Génova preparando pasta fresca, brindando con prosecco y aprendiendo los secretos familiares de dos pastas clásicas, además de montar un cremoso tiramisú desde cero. Con la guía de tu anfitriona y muchas risas alrededor de la mesa, probarás todo lo que cocines. Es una experiencia relajada, cercana y que realmente te hace sentir parte de una familia.
Sí, la clase se realiza en una casa local seleccionada y está dirigida por una Cesarina.
Aprenderás a hacer dos tipos de pasta artesanal (según temporada) y el clásico tiramisú.
Sí, se incluyen bebidas como agua, vino, prosecco (aperitivo) y café.
La clase es en grupos pequeños, con un máximo de 12 participantes.
Sí, se comparte una comida con todos los platos que preparaste durante la clase.
Los rellenos o salsas pueden variar según la temporada; pregunta a tu anfitriona sobre opciones vegetarianas al llegar.
No se especifica la duración exacta, pero espera varias horas incluyendo cocinar y comer juntos.
Sí, hay opciones de transporte público cerca del punto de encuentro o la casa.
Tu día incluye un aperitivo al estilo italiano con prosecco y aperitivos al llegar, clases prácticas para hacer dos tipos de pasta fresca y tiramisú clásico desde cero, todo guiado por tu anfitriona local Cesarina, y mucho tiempo para disfrutar juntos de todo lo que cocinen con vino, agua y café incluidos durante la experiencia.
No sabía muy bien qué esperar cuando tocamos el timbre; solo sabía que era una casa real en Génova, no un restaurante ni una escuela elegante. Nuestra anfitriona, Lucía (que nos dijo que la llamáramos “Cesarina”), nos recibió con una gran sonrisa y el aroma a café que ya se escapaba de la cocina. Éramos seis, más la prima de Lucía que entraba y salía para revisar la salsa que estaba cociendo. Nos sirvió una copa de prosecco al instante; la verdad, la necesitaba después de perderme por esas calles laberínticas de Génova.
Empezamos con un aperitivo pequeño: aceitunas saladas, cuadritos de focaccia y un queso que todavía no sé pronunciar. Lucía nos enseñó a estirar la masa a mano. Mi masa parecía más un mapa antiguo que pasta (se rió, pero me ayudó a arreglarla). Hicimos dos tipos: uno relleno de ricotta y hierbas que ella había comprado esa misma mañana en el mercado, y otro en tiras simples que luego mezclamos con pesto. La cocina se llenó de charlas; alguien intentó decir “buon appetito” y lo pronunció fatal, lo que desató una ronda de risas. Todo se sentía menos como una clase y más como un almuerzo de domingo en casa de alguien.
Después llegó el tiramisú. Nunca imaginé cuánta paciencia se necesita para no comerse la mitad del mascarpone antes de empezar a montar las capas. Lucía nos dejó mojar los bizcochos en el espresso —mis manos temblaban un poco porque dijo “¡no demasiado empapados!”—. Para entonces, todo el cuarto olía a café y crema dulce. Sentarnos juntos a la mesa después de cocinar y comer lo que habíamos preparado fue una sensación difícil de explicar, pero cálida, algo que ningún restaurante logra. Todavía recuerdo ese primer bocado de tiramisú cada vez que huelo café.

¿Necesitas ayuda para planear tu próxima actividad?