Sentirás la brisa atlántica mientras recorres pueblos de pescadores, caminas sobre las olas en la pasarela de cristal de Cabo Girão, nadas en piscinas volcánicas rodeadas de costa salvaje y te detienes entre árboles milenarios en los bosques de Madeira. Con historias locales y tiempo para almorzar frente al mar, esta excursión te deja algo más que fotos: quizá un nuevo lugar favorito.
Es un tour de día completo que recorre varios puntos del oeste de Madeira.
El tour incluye recogida; confirma los detalles al reservar.
No, las entradas a la pasarela de Cabo Girão y las piscinas volcánicas no están incluidas.
Sí, los bebés pueden ir en cochecito; hay asientos elevadores disponibles.
Hay una parada para almorzar; el costo de la comida no está incluido.
Sí, la mayoría de las paradas cuentan con opciones de transporte público cercanas.
Lleva traje de baño y toalla si quieres nadar en las piscinas volcánicas.
El tour es apto para todos los niveles de condición física.
Tu día incluye recogida con un guía local que conoce todos los atajos y leyendas de la costa oeste de Madeira; WiFi a bordo para compartir tus momentos al instante si quieres; asientos elevadores o espacio para cochecitos para los más pequeños; y tiempo suficiente para explorar cada lugar a tu ritmo antes de volver con arena entre los dedos.
Aún recuerdo la primera imagen de Câmara de Lobos: barquitos de pesca que flotaban como caramelos de colores, hombres mayores remendando redes junto al agua. Nuestro guía, Miguel, que parecía conocer a todo el mundo, saludó a una mujer que vendía plátanos pequeñitos. El aire salado era más intenso de lo que esperaba, casi dulce. Apenas habíamos empezado y ya sentía que había llegado a un lugar que vive a su propio ritmo. La palabra clave para esta excursión es sin duda “excursión cascadas Madeira”, pero la verdad es que podría llamarse “un día para olvidar el móvil”.
Después llegó Cabo Girão, esa pasarela de cristal suspendida sobre el océano. No suelo tener miedo a las alturas, pero las piernas me temblaban. Miguel sonrió y nos contó que antes de construir el mirador, los locales bajaban por esos acantilados para recoger uvas (ni me lo imagino). El viento allí arriba era distinto, más frío y con un toque a algas. Luego seguimos por pueblos pintados de amarillo y azul, con el sol reflejándose en los tejados de azulejos. Había un pequeño muelle donde los niños se lanzaban al agua con la ropa puesta; a nadie parecía importarle.
La parte del bosque fue la que más me sorprendió. No era ruidosa ni espectacular, solo un silencio verde, aire musgoso y raíces que se enredaban bajo los pies. Cerca, un pájaro cantaba (no sé cuál), y el grupo quedó en silencio por un rato. Más tarde, en las piscinas volcánicas, dudé antes de tirarme: las rocas estaban frías y resbalaban, pero una vez dentro, era como nadar dentro de una postal. El almuerzo fue sencillo pero fresco: pescado a la parrilla y pan con un ligero sabor a humo. Intenté pedir más mantequilla en portugués y solo conseguí que el camarero se riera.
Cuando llegamos a la cascada que cae directo al Atlántico, mi pelo olía a sal y a pino. Cerca había una tienda de recuerdos con azulejos pintados a mano; compré uno con limones torcidos. No sé bien por qué, pero me hace sonreír cada vez que lo veo en casa.

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