Vive Moorea de cerca conduciendo tu propio buggy por su costa serpenteante, con paradas en playas de arena negra, puestos de fruta y baños espontáneos. Con traslado incluido y opciones desde 4 horas hasta todo el día, explora la isla a tu ritmo. Risas y quizás algo de arena en los zapatos garantizados.
Las valoraciones vienen de viajeros que reservaron esta misma experiencia. No las editamos ni filtramos.
Leer todas las reseñas ›No esperaba que el buggy se sintiera tan abierto, como si formaras parte del aire de la isla. Nos recogieron directamente en el hotel (un alivio porque no soy muy madrugador) y tras hacer los trámites —no olvides tu licencia— nos dieron las llaves. La palanca de cambios era un poco tozuda, pero en minutos ya nos reíamos. Conducir por Moorea hace que cada palmera parezca única. La carretera rodea la laguna y se siente esa brisa salada mezclada con flores que no supe identificar.
Primera parada: bahía de Opunohu, con su arena negra y el silencio roto solo por niños lanzando piedras al agua. El mapa quedó olvidado; fuimos siguiendo lo que nos llamaba la atención. En el Belvedere Opunohu, solo nos acompañaba un hombre mayor vendiendo fruta desde su camioneta. Nos dio piña que sabía a puro sol (sé que suena cursi, pero era verdad). Más tarde pasamos por pequeñas iglesias en Papetoai, una azul con las puertas abiertas, y traté de pronunciar el nombre, aunque seguro lo arruiné. A nadie le importó.
¿Lo mejor? Parar donde quisiéramos: en la playa Tipaniers para nadar, y luego en un puesto de carretera donde la señora nos insistió en probar su pan de coco. Si alquilas el buggy por 24 horas, puedes sentarte en la arena al atardecer y ver cómo todo se vuelve lento aquí. No es perfecto —el techo a veces hace ruido y la arena se mete por todos lados— pero aún recuerdo esa vista desde el asiento del conductor, el motor enfriándose mientras la tarde se pintaba de dorado.
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