Saldrás de Tromsø en un barco de madera clásico, abrigado contra el viento ártico y con un guía local que te enseñará a pescar bacalao o lo que pique primero. Si tienes suerte, podrás probar tu propia pesca cocinada al momento con pan plano y mantequilla, mientras disfrutas de las vistas salvajes del fiordo y las historias en el salón con bebidas calientes.
El barco zarpa desde el muelle 10 junto al Clarion Collection Hotel Aurora (junio-agosto) o desde el muelle 12 en Kystens Hus después del 22 de agosto.
Sí, las cañas de pescar están incluidas, pero también puedes traer la tuya si prefieres.
Si hay pesca del día, te servirán pescado fresco preparado con mantequilla y pan plano al estilo tradicional noruego del norte.
Se ofrecen trajes térmicos y mantas para usar gratis a bordo.
Sí, es apto para todos los niveles físicos y los niños pueden participar (los bebés deben ir en el regazo de un adulto).
Café y té están incluidos durante el paseo; otras comidas y bebidas locales se venden aparte.
La actividad dura medio día, aunque no especifican el tiempo exacto; cuenta con varias horas a bordo para pescar y almorzar.
Sí, hay opciones de transporte público cerca de ambos muelles de salida.
Tu viaje incluye el uso de cañas de pescar (o puedes traer la tuya), trajes térmicos y mantas para protegerte del frío viento ártico, equipo de seguridad personal durante todo el trayecto, además de café o té cuando quieras. Si alguien pesca el día, compartirán pescado fresco preparado con mantequilla y pan plano a bordo antes de regresar a las luces de Tromsø.
Para ser sincero, no esperaba que el barco oliera tanto a madera vieja y café cuando subimos al Hermes II en Tromsø. El capitán ya charlaba con una pareja de Bergen sobre la temporada de bacalao, y yo me quedé ahí, con las manos metidas en los bolsillos, mirando a las gaviotas dar vueltas. Se sentía el frío incluso con el traje térmico que nos dieron (menos mal, porque mi chaqueta no habría servido de nada). La palabra clave aquí es “paseo pesca Tromsø”, pero la verdad es que se sentía más como un plan familiar que como un tour cualquiera.
Navegamos junto a esas montañas azul grisáceas mientras nuestro guía, Lars, nos enseñaba a usar las cañas de pescar — bromeaba que los principiantes suelen pescar los peces más grandes. En mi caso no fue así; más bien enredaba la línea y me reía de mí mismo. Pero alguien sí sacó un buen bacalao y de repente todos nos juntamos a verlo revolcarse en la cubierta. Había un olor salado en el aire mezclado con algo mantecoso que subía desde abajo — resultó que cocinaban lo que pescábamos ahí mismo. Pan plano, mantequilla, pescado fresco. Simple pero delicioso después de estar expuestos al viento.
Abajo, en el salón calefaccionado (bendito quien inventó eso), la gente compartía historias con tazas de té que empañaban las ventanas. Una niña pequeña intentaba pronunciar “Hermes” en noruego y casi lo lograba — su papá la miraba con una sonrisa como si hubiera ganado un premio. Es curioso cómo los desconocidos se vuelven cercanos cuando compartes algo tan sencillo y auténtico. Todavía recuerdo la vista hacia Tromsø al regresar; el sol bajo detrás, las luces de la ciudad empezando a brillar en la costa. No quería que terminara aún.

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