Subirás a un sidecar vintage justo en la puerta de tu hotel y verás París como nunca antes—de cerca y con un toque de aventura. Paradas rápidas en iconos como la Torre Eiffel y Notre-Dame, historias del guía local y muchas sorpresas en las avenidas más famosas. Parte tour, parte paseo para disfrutar, y seguro te quedarás sonriendo mucho después de que termine.
El tour dura aproximadamente 1 hora y 30 minutos.
Sí, la recogida en tu hotel de París está incluida.
Pasarás por la Torre Eiffel, la catedral de Notre-Dame, el Arco del Triunfo, los Campos Elíseos, la pirámide del Louvre, el Museo Yves Saint Laurent y más.
Tu conductor profesional también hace de guía local durante toda la experiencia.
El tour permite un pasajero en el sidecar y otro detrás del conductor, hasta dos personas por sidecar.
Sí, se proporcionan cascos y guantes para todos los pasajeros.
Los bebés pueden ir, pero deben sentarse en el regazo de un adulto durante el paseo.
Sí, se hacen paradas para fotos en lugares emblemáticos como la Torre Eiffel.
Tu día incluye transporte privado en sidecar vintage con recogida en hotel en París, todo el equipo necesario como cascos y guantes (que me hicieron sentir como en una película antigua), además de un guía local muy amable que también es tu conductor. Puedes llevar a un amigo contigo—el sidecar es para dos pasajeros—y recibirás historias en cada parada antes de volver al punto de partida.
No esperaba reírme tanto antes del desayuno en París. El sidecar llegó justo frente a nuestro hotel—la verdad, me sentí un poco ridículo poniéndome el casco y los guantes (el conductor sonrió como si ya hubiera visto esa reacción). Pero en cuanto arrancamos y cruzamos las calles, pasando por cafés dormidos y ese primer aroma a pan recién horneado, se me olvidó querer verme bien. París se veía distinto desde ahí abajo—más cerca, de alguna forma. Nuestro guía, Antoine, nos señaló cómo la luz del sol iluminaba la cúpula dorada de los Inválidos y nos contó una historia de Napoleón que probablemente debería haber aprendido en el cole.
El rugido del motor hacía difícil hablar a veces, pero eso solo significaba más tiempo para observar a la gente en los Campos Elíseos—los locales corriendo con bufandas al viento, turistas deteniéndose para selfies. Paramos a sacar fotos en la Torre Eiffel (casi se me cae el móvil al luchar con los guantes), luego pasamos rápido junto a la pirámide del Louvre. Cerca del Museo Yves Saint Laurent, Antoine intentó enseñarme a pronunciar “arrondissement” bien. Lo arruiné; él se rió y dijo que hasta los parisinos a veces la lían.
Pasamos frente a Notre-Dame y bajamos la velocidad cerca de la entrada a las catacumbas—había un silencio extraño allí, a pesar del ruido de la ciudad. Por un momento pude oler algo terroso y antiguo que subía desde abajo. Todo el paseo se sintió como recorrer recuerdos de París desde otro ángulo—lugares conocidos pero en un orden nuevo, con el viento en la cara en vez de multitudes detrás. Sigo pensando en esa vista desde el hombro de Antoine mientras girábamos junto al Sena. No era lo que imaginaba cuando reservé esta excursión, pero quizá por eso se me quedó grabado.

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