Remarás en una canoa tradicional por el lago Harriet Hunt con un guía local, luego caminarás por la exuberante selva Tongass aprendiendo sobre plantas salvajes, incluso carnívoras. Observa animales en la orilla, disfruta snacks al estilo Alaska junto al lago y siente ese silencio único que solo el bosque profundo regala.
La actividad dura aproximadamente 3.5 horas, transporte incluido.
Sí, el traslado desde tu barco o hotel está incluido al reservar.
Vístete para lluvia y clima fresco; se recomienda ropa impermeable ya que se realiza bajo cualquier condición.
Sí, los niños son bienvenidos pero deben pesar al menos 18 kg para usar chalecos salvavidas, y los menores de 12 años deben ir acompañados por un adulto.
No se incluye almuerzo completo, pero sí snacks al estilo Alaska durante la parada en el lago.
Podrás ver fauna nativa de Alaska a lo largo de la orilla del lago Harriet Hunt durante el paseo y la caminata.
La caminata es corta y de dificultad moderada; se recomienda tener condición física promedio para remar y caminar.
La aventura empieza con recogida en Ketchikan y termina devolviéndote al muelle del crucero o al hotel.
Tu día incluye transporte ida y vuelta desde tu barco o hotel en Ketchikan, todo el equipo de canoa con chalecos salvavidas, guía local experto durante el remo y la caminata, además de snacks al estilo Alaska junto al lago Harriet Hunt antes de regresar al pueblo.
No esperaba que mi primer silencio real en Alaska llegara sentado en una canoa gigante. Acabábamos de alejarnos de la orilla del lago Harriet Hunt—yo, otros tres viajeros un poco torpes con los remos, y nuestra guía, Annie. Tenía una forma de hablar de Ketchikan que te atrapaba; señalaba cómo las nubes colgaban bajas sobre los árboles o cómo el agua olía a cedro y hierro frío. Miraba la orilla buscando animales, pero terminaba observando cómo cambiaba la luz sobre el agua. Era más tranquilo de lo que imaginaba. No un silencio vacío, sino suave.
El bosque nacional Tongass se siente denso incluso antes de entrar. Cuando amarramos la canoa (casi me resbalo—botas demasiado grandes), Annie nos llevó por un sendero estrecho bajo ramas goteando. Se detuvo para mostrarnos una planta pequeña llamada Drosera—es carnívora, y eso me sorprendió más que ver un oso. Las hojas tenían pelitos rojos pegajosos; bromeó que no nos acercáramos mucho a menos que fuéramos más pequeños que un mosquito. Había un olor a tierra húmeda por todas partes—musgo mojado, madera que lleva años bajo la lluvia—y me di cuenta que respiraba más profundo de lo normal.
En un momento, alguien preguntó cómo es vivir aquí todo el año y Annie se rió, dijo que aprendes a amar la lluvia o te vas rápido. Comimos snacks simples al estilo Alaska junto al lago antes de regresar—un tipo de pescado ahumado y algo dulce que no recuerdo bien pero me gustó. El regreso a Ketchikan fue esa mezcla de cansancio feliz; mis manos aún sentían un poco el frío de remar, pero de buena manera. Sigo pensando en ese instante cuando todo quedó en silencio sobre el agua—¿sabes a qué me refiero?
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