En Fairbanks, te abrigarás para el invierno profundo, conocerás a cada husky por su nombre y deslizarás por el histórico Yukon Quest envuelto en pieles bajo el cielo abierto. Prepárate para risas con botas enredadas, momentos cálidos en una yurta mongola y una calma impresionante al detenerte en un estanque congelado con tu equipo de perros.
Voy a ser sincero — casi pierdo una bota antes de salir de la yurta mongola. Mi pie izquierdo se quedó atorado en la enorme bota de nieve que nos dieron (gracias a nuestro guía, Jamie, por no reírse demasiado). El frío afuera se sentía punzante en mis mejillas, pero dentro de esa yurta todo era mantas gruesas de lana y olor a leña quemada. Era como entrar en la sala de alguien en medio de la nada. Jamie nos ayudó a ponernos parkas y manoplas — jamás había llevado tantas capas en mi vida.
El corral de perros era ruidoso de una forma que no esperaba. No ladraban, más bien hacían sonidos como si cantaran y chillaran — pura emoción de estos huskies que parecían saber exactamente lo que venía. Jamie presentó a cada perro por su nombre, señalando cuál le gustaba que le rascaran las orejas (Hazel) y quién siempre intentaba colarse un premio extra (Rocket). Mi pareja intentó hacerse un selfie con Rocket y terminó con la cara llena de pelo y la pantalla del móvil con una gran huella húmeda de nariz. El aliento de los perros se veía en el aire mientras escuchábamos a Jamie contar sobre el Yukon Quest — resulta que este tramo forma parte de la carrera de 1,000 millas entre Fairbanks y Whitehorse. No imaginaba cuánta historia había en estos kilómetros congelados.
Cuando finalmente nos subimos al trineo — con almohadas y mantas de piel alrededor — recuerdo haber contenido la respiración mientras Jamie enganchaba la última cuerda. Los perros se quedaron en silencio por un instante, y luego arrancaron tan rápido que mi corazón me dio un salto hasta la garganta. Solo se oían las patas golpeando la nieve y los patines raspando el hielo. La luz del sol se colaba entre los abetos negros; todo parecía azul-blanco salvo destellos dorados donde el sol tocaba la escarcha en las ramas. En un momento me sorprendí sonriendo como un tonto porque nunca había sentido algo así.
Paramos a mitad de un estanque congelado donde hasta nuestras voces sonaban apagadas. Jamie nos pasó su móvil para hacer fotos (mis dedos estaban torpes con las manoplas), y Hazel se apoyó en mi rodilla hasta que le di suficientes caricias. Hubo un momento raro en que nadie dijo nada — solo estábamos ahí, respirando nubes en el aire frío, con los perros husmeando cerca de nuestras botas. De regreso, mis pestañas se congelaron un segundo (no sabía que eso podía pasar) pero, honestamente, sigo pensando más en ese silencio sobre el estanque que en cualquier otra cosa.
El recorrido es de aproximadamente 7 millas por el sendero Yukon Quest cerca de Fairbanks.
Sí, se entregan parkas, pantalones de nieve, botas, gorros y manoplas para todos los participantes.
Sí, el guía presenta a cada perro y cuenta sus características antes de comenzar.
La experiencia es para todas las edades; los bebés deben ir en el regazo de un adulto.
La aventura inicia en una yurta mongola cerca de Fairbanks, donde te equipan para el recorrido.
Incluye ropa térmica completa y bolsas acolchadas con mantas de piel dentro del trineo.
Puedes hacer fotos en todo momento; incluso hay una parada en un estanque congelado para capturar momentos con tu equipo.
No, no se recomienda para embarazadas ni personas con ciertas condiciones de salud.
Tu día incluye equiparte de pies a cabeza con ropa adecuada para el frío — parka, pantalones de nieve, botas, gorro y manoplas — además de tiempo para conocer a cada husky antes de partir en tu trineo privado. Contarás con cojines y mantas de piel dentro de una bolsa cerrada para mayor comodidad durante las siete millas por el histórico sendero Yukon Quest, y al final podrás calentarte en una cálida yurta mongola.


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