Cambia el ruido de la ciudad por el silencio ancestral mientras subes al dinosaurio gigante de Drumheller, recorres las salas de fósiles del Museo Royal Tyrrell con tu guía, cruzas un puente colgante sobre acantilados de badlands y te paras donde los cañones se abren bajo el cielo de Alberta. Cada parada es un capítulo más en la historia de la Tierra, y al final del día te sentirás extrañamente conectado con todo.
El viaje dura aproximadamente 90 minutos en cada sentido entre Calgary y Drumheller.
Sí, las entradas al Museo Royal Tyrrell están incluidas en el tour.
Sí, los niños son bienvenidos y hay asientos para bebés o elevadores si los necesitas.
Es una estatua de T-Rex de 26 metros en Drumheller que puedes subir para ver el valle; la entrada está incluida.
No se incluye comida completa, pero hay tiempo para almorzar en la cafetería del museo (por cuenta propia).
Sí, hay una parada en Horseshoe Canyon para ver sus impresionantes formaciones de badlands.
El tour incluye transporte pero no especifica recogida en hotel; consulta con el operador para detalles.
Es un tour en grupo pequeño, con cupos limitados para atención más personalizada.
Tu día incluye transporte ida y vuelta desde Calgary con agua embotellada, entradas para subir a la estatua gigante de dinosaurio en Drumheller y explorar cada rincón lleno de fósiles del Museo Royal Tyrrell, además de paradas en Horseshoe Canyon, Hoodoo Trail, Horsethief Canyon, el Puente Colgante Rosedale y más, antes de regresar cruzando los históricos puentes de Wayne — todo guiado por un local que mantiene el ambiente animado sin prisas.
Lo primero que noté no fue el paisaje, sino ese silencio seco y raro que se siente al dejar atrás Calgary. Nuestro guía, Mark, tenía la costumbre de hacer pausas para que pudiéramos contemplar las colinas que se extendían, un paisaje que no parecía para nada canadiense. Cuando llegamos a Drumheller, la estatua gigante del dinosaurio dominaba todo el lugar, mucho más grande de lo que imaginaba. Subimos por dentro de su barriga (me sentí un poco ridículo, pero también épico) y desde ahí se veía todo el valle, con esas capas rayadas y colores polvorientos.
No esperaba engancharme tanto con los fósiles en el Museo Royal Tyrrell, pero estar a centímetros del cráneo real de un T-Rex hace que se te olvide eso de “mantener la compostura”. Mark conocía a la mitad del personal por su nombre y nos señalaba detalles diminutos en los huesos que yo jamás habría notado. La comida era de cafetería, pero después de caminar entre historia antigua por dos horas, hasta las papas fritas saben diferente. Al salir, el aire olía a salvia.
Paramos en una iglesia diminuta que parecía de juguete (cabeían seis personas máximo, sin exagerar), y luego nos quedamos al borde del Cañón Horsethief, donde el viento casi me vuela el sombrero. Los hoodoos son aún más extraños de cerca que en las fotos: lisos y fríos al tacto, como si no fueran reales. Cruzar el Puente Colgante Rosedale me dio un poco de vértigo; se movía bajo nuestros pies y alguien detrás empezó a cantar “Walk Like a Dinosaur”, lo que todavía me hace reír al recordarlo.
De regreso, pasando por Wayne (once puentes en unos diez minutos), Mark nos contó historias de pueblos mineros antiguos y cómo la gente se llevaba fósiles escondidos en sus loncheras. Yo no dejaba de mirar esas paredes estratificadas del cañón, tratando de imaginar cómo sería este lugar antes de que existieran carreteras, estatuas o incluso humanos. Esa sensación se queda contigo más tiempo del que crees.

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