Recorre los bosques de Tierra del Fuego con un guía local, cruza represas de castores, avista aves nativas y llega a las aguas esmeralda de Laguna Esmeralda para un picnic. Prepárate para senderos embarrados, risas, momentos de calma inesperada y una mirada auténtica a la naturaleza patagónica.
El trekking suele durar varias horas, incluyendo paradas para observar la fauna y almorzar junto a la laguna.
Sí, el tour incluye traslado ida y vuelta desde tu alojamiento en Ushuaia.
Recomendamos calzado de trekking o senderismo y ropa abrigada adecuada para el clima patagónico.
Incluye un almuerzo tipo box con sándwich, snack dulce y agua, que se sirve junto a la laguna.
La caminata es recomendada para niños desde 7 años con condición física moderada.
No se requiere experiencia previa, pero sí estar cómodo caminando por terrenos irregulares.
Sí, un guía profesional acompaña a grupos pequeños durante toda la excursión.
Se entregan bastones de trekking a todos; los crampones se facilitan si el terreno lo exige.
Tu día incluye traslado desde tu alojamiento en Ushuaia, guía naturalista experto que comparte historias sobre la fauna y paisajes de la Patagonia, uso de bastones de trekking (y crampones si hacen falta), además de un almuerzo para llevar con bebidas calientes que disfrutarás junto a Laguna Esmeralda antes de regresar a la ciudad.
Es curioso cómo el ruido de la ciudad desaparece en un instante cuando estás en el silencio húmedo de los bosques de Tierra del Fuego. La mañana arrancó con Martín, nuestro guía, sonriendo mientras repartía bastones de trekking — “Después me lo vas a agradecer”, dijo, y vaya que sí. El sendero hacia Laguna Esmeralda serpentea entre estos bosques cubiertos de musgo donde el suelo se siente casi esponjoso bajo las botas. En un momento, capté el olor intenso a turba y algo dulce que venía de unas pequeñas flores amarillas asomando entre las raíces. Nos detuvimos a observar a un par de carpinteros magallánicos picoteando un tronco — sus cabezas rojas destacaban como un faro en medio de tanto verde.
No esperaba aprender tanto sobre los castores (ni ver tantas represas), pero Martín estaba fascinado — para bien. Nos contó cómo los trajeron hace años y ahora moldean todo el paisaje. Paramos en una orilla embarrada mirando cómo el agua giraba alrededor de troncos roídos mientras él señalaba huellas en la tierra blanda. Hubo un momento en que todo quedó en silencio, salvo el murmullo lejano del agua y una risa que rebotaba en el valle — parecía que habíamos entrado a otro mundo por un instante.
La primera vista de Laguna Esmeralda me sorprendió; realmente parece que alguien hubiera dejado caer un pedazo de vidrio en medio de la nada. El agua cambia de azul a verde según dónde te pares, algo que Martín explicó se debe a minerales glaciares — yo solo sé que hizo que mi sándwich supiera mejor cuando finalmente nos sentamos a almorzar junto a la orilla. El viento se levantó, frío como para picar las mejillas pero sin ganas de espantarnos. Caminamos bordeando la laguna, tirando piedritas (mal, la verdad) y sacando fotos que no le hacen justicia. De regreso a Ushuaia con las piernas cansadas y las botas embarradas, no podía dejar de pensar en ese silencio junto a la represa — todavía lo llevo conmigo.
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