Sube a un barco privado en Venecia para una excursión en grupo pequeño por la laguna, disfruta una demostración de vidrio soplado en Murano, pasea por las calles de colores de Burano y degusta vino local en los viñedos de St. Erasmo, todo con una guía experta que conoce cada rincón. Risas, historias auténticas y momentos de calma lejos del bullicio.
El tour dura varias horas e incluye paradas en Murano, Burano y St. Erasmo antes de regresar al centro de Venecia.
Sí, verás una demostración privada de vidrio soplado dentro de una fábrica en Murano con tu grupo.
Incluye una copa de vino en la bodega de St. Erasmo, pero no comida ni snacks; tendrás tiempo libre para comprar algo en Burano o Murano.
El grupo es máximo de 20 personas para una experiencia más personal.
No, no incluye recogida; el punto de encuentro es en el centro de Venecia, cerca de la Plaza de San Marcos.
No, lamentablemente no es adecuado para personas con dificultades de movilidad o sillas de ruedas por los desplazamientos y acceso al barco.
Si las condiciones climáticas son inseguras, el tour puede cancelarse sin previo aviso por seguridad y sin reembolso; el itinerario también puede cambiar si es necesario.
Sí, tu guía te explicará las opciones de transporte público si quieres quedarte más tiempo en St. Erasmo tras la vuelta del grupo a Venecia.
Tu día incluye encuentro con tu guía local de habla inglesa cerca de la Plaza de San Marcos, embarque en un barco privado por la laguna veneciana; entrada a una fábrica de vidrio en Murano con demostración; paseos guiados y tiempo libre en Murano y Burano; visita a viñedos y una copa de vino en la bodega de St. Erasmo; todos los traslados en barco privado entre islas antes del regreso juntos, o para quedarte más tiempo si quieres, con consejos de tu guía.
Nos encontramos justo en el corazón de Venecia, a pocos pasos de la Plaza de San Marcos, y la verdad, yo todavía estaba desperezándome cuando nuestra guía Chiara nos saludó con una sonrisa enorme. La laguna tenía ese brillo plateado esa mañana, casi en calma salvo por las estelas de los vaporettos que pasaban. Subir al barco privado fue como escaparse del bullicio; solo se oía el agua golpeando el casco y todos parecían relajarse en cuanto zarpamos. Chiara empezó a contarnos historias de las islas, con un acento suave y esa habilidad de hacerte reír sin esfuerzo. Pensé para mis adentros: ¿por qué no hacen más gente una excursión así, tan distinta al ajetreo de Venecia?
La primera parada fue Murano. La fábrica de vidrio olía a humo y calor, como a azúcar quemada. Vimos a un maestro vidriero moldear el vidrio fundido en algo delicado en cuestión de minutos. Es hipnótico, de verdad, perdí la noción del tiempo hasta que sonó un móvil. Luego paseamos por libre un rato. Intenté decir “grazie” a uno de los artesanos y seguro lo dije mal; él solo sonrió y encogió los hombros. Hay algo en esas tienditas alineadas a lo largo del canal que invita a quedarse un rato más.
Después tocó Burano, un estallido de colores: cada casa más vibrante que la anterior. Chiara nos contó que los pescadores pintaban sus casas para poder reconocerlas en la niebla (tiene sentido después de ver lo densa que se pone). Caminamos juntos por callejones estrechos y luego nos dejaron tiempo libre. Compré encaje a una señora mayor que apenas hablaba inglés, pero se empeñó en mostrarme su trabajo con la aguja. Mis manos aún olían a masa frita de una panadería cercana; nunca supe cómo llaman a esos pastelitos.
Lo que más me sorprendió fue la última parada: la isla de St. Erasmo, tan tranquila comparada con las demás, solo campos y viñas que se extienden hasta el agua. La bodega parecía un secreto bien guardado, con muros bajos de piedra y viñas cargadas de hojas a pesar de ser verano temprano. Probamos su vino blanco justo en el viñedo mientras Chiara nos hablaba de la nobleza veneciana que lo disfrutaba hace siglos. La brisa traía ese aroma terroso de los campos; a veces, cuando abro una botella en casa, me acuerdo de ese momento.

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