Conduce tu propio barco Marinello desde Tropea por la Costa de los Dioses, descubriendo cuevas escondidas y playas solo conocidas por locales. Haz snorkel sobre ruinas antiguas o relájate en playas doradas y solitarias—sin licencia, solo trae ganas de aventura (y quizá algo para picar). Cada parada es única y privada, para que vivas la costa calabresa a tu manera.
Tu día incluye cuatro horas con un barco Marinello nuevo, equipado con solárium, toldo, sistema de música, ducha, nevera, cargador USB y chalecos salvavidas para todos. Recibirás agua embotellada y consejos de los locales sobre dónde anclar o hacer snorkel antes de zarpar desde el puerto de Tropea—y solo pagas al llegar para embarcar.
Las valoraciones vienen de viajeros que reservaron esta misma experiencia. No las editamos ni filtramos.
Leer todas las reseñas ›No esperaba sentirme tan raro y nervioso al manejar un barco en Tropea, pero ahí estaba—con la crema solar a medias, agarrando el timón mientras mi primo intentaba (sin éxito) poner la radio italiana. El chico del puerto nos dio un rápido repaso: dónde no chocar, cómo usar el toldo (que aún así me salió mal) y qué calas eran buenas para nadar. No hacía falta licencia, solo un poco de valentía y el pasaporte del conductor. El agua tenía ese azul irreal que ves en postales y no crees hasta que flotas en ella.
Navegamos junto a esas casas viejas pegadas a los acantilados—la verdad, parecía que en cualquier momento se caerían al mar. Nuestra primera parada fue una cala donde podías ver la arena clara bajo el agua transparente. Ya había una pareja anclada con su perro (chiquitito, ladrando a los peces). Nos tiramos—el frío fue un choque al principio—y juro que escuchaba mi propio corazón bajo el agua. El equipo de snorkel costó unos euros más, pero valió la pena; bancos de peces plateados nadaban entre mis pies cerca de unas rocas que parecían escalones antiguos o tal vez solo mi imaginación.
El guía en el muelle había marcado en el mapa la “Cueva del Esqueleto”—dijo que solo se llega en barco desde Tropea y contó una historia de contrabandistas escondiendo tesoros ahí (probablemente un cuento, pero divertido). Dentro olía a humedad y frescura después de tanto sol afuera. Mi sobrino intentó gritar su nombre y se asustó cuando el eco le respondió más fuerte de lo esperado. Más tarde encontramos un pequeño banco de arena dorada—no había nadie más, solo algunas voces lejanas rebotando en los acantilados. A veces aún recuerdo ese momento de paz.
De regreso paramos cerca de Capo Vaticano para un último baño—la luz cambiaba, tiñendo todo de tonos dorados y azules. Alguien dijo que hay un antiguo puerto romano bajo el agua; no pude distinguir qué era piedra y qué solo sombras de peces moviéndose. Sentí que habíamos tomado prestado un secreto ajeno por unas horas antes de devolverlo.
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