Viaja desde Reykjavík al corazón salvaje de Islandia—vapor en la fuente termal Deildartunguhver, aguas azules en Hraunfossar y la impresionante cueva de hielo en Langjökull. Con guías locales y todo el equipo incluido, prepárate para manos frías, muchas risas y recuerdos que te acompañarán mucho después de volver a casa.
El trayecto en vehículo de la excursión dura entre 2 y 3 horas por trayecto, incluyendo paradas para ver lugares de interés.
Sí, durante la excursión te prestan crampones, trajes de nieve y cubrebotas para mayor seguridad y calor.
No, no incluye almuerzo; puedes llevar snacks o comprar comida en las paradas durante el recorrido.
Visitarás la fuente termal Deildartunguhver, las cascadas Hraunfossar y Barnafoss, y una granja local de caballos.
La excursión es apta para todos los niveles físicos; caminar dentro del túnel de hielo es fácil con el equipo proporcionado.
La temperatura dentro del túnel de hielo de Langjökull se mantiene bajo cero todo el año; se recomienda ropa abrigada.
Sí, la recogida en puntos designados de Reykjavík está incluida en la reserva.
Tu día incluye paradas en la fuente termal Deildartunguhver y la cascada Hraunfossar antes de subir al glaciar Langjökull en un vehículo especialmente adaptado. Todo el equipo necesario, como crampones y trajes de nieve, está disponible para préstamo si necesitas más abrigo. Hay WiFi y aire acondicionado a bordo (aunque no lo notarás una vez en el hielo), además de un guía local que se encarga de que todo salga perfecto hasta tu regreso a Reykjavík al final del día.
Nunca imaginé que estaría dentro de un glaciar, pero ahí estábamos—botas crujiendo sobre la nieve compacta, el viento mordiendo mis mejillas, y Reykjavík quedando cada vez más lejos. Nuestro guía, Jónas, nos entregó crampones con una sonrisa y nos dijo que “camináramos como pingüinos”. El camión modificado para el glaciar hacía más ruido del que esperaba—pero era reconfortante, rugiendo sobre ese blanco infinito. El cielo cambiaba entre gris y casi azul; es difícil describir esa luz allá arriba. El frío se colaba por mis guantes, pero no me importaba.
Antes de llegar a la cueva de hielo de Langjökull, paramos en Deildartunguhver. El olor a azufre se siente antes que el vapor—como huevos cocidos y piedras mojadas. Había gente local llenando garrafas con agua caliente directamente de las tuberías (Jónas contó que su abuela jura que es perfecta para el té). Luego visitamos Hraunfossar—agua azul helada que brota entre campos de lava negra. Intenté sacar una foto, pero nunca queda igual; simplemente tienes que quedarte un rato y escuchar su sonido.
La cueva de hielo en sí parecía de otro mundo—paredes que brillaban con un azul pálido, todo amortiguado excepto el crujir de nuestras botas y algún que otro goteo. Jónas nos mostró las capas en el hielo, como anillos de un árbol, cada una de un invierno distinto. Alguien intentó lamer la pared (no fui yo), lo que provocó risas y algún resbalón. Aún recuerdo lo silencioso que era todo ahí dentro; hasta mi respiración sonaba fuerte. Hace más frío de lo que imaginas, pero no incomoda—quizá porque estás demasiado concentrado mirando.
De regreso paramos en una granja de caballos—esos caballos islandeses son más pequeños de lo que pensaba, pero igual de testarudos. Uno intentó comerse mi guante (todavía tiene babas). Para entonces mi cara estaba roja por el viento y de tanto reír. Todo el día fue casi irreal—túneles helados, manantiales hirvientes, cascadas que parecen surgir de la nada—y de repente estás de vuelta en Reykjavík como si nada.

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