Te lanzas directo a la aventura con un paseo todoterreno profundo en el bosque de Big Bear antes de equiparte para nueve descensos rápidos en tirolesa sobre valles y pinos. Cruza un puente colgante que se mueve (si tus piernas te lo permiten), disfruta vistas del Monte San Gorgonio y ríe con tu guía mientras vuelas por el aire fresco de la montaña.
Tu día incluye un paseo todoterreno profundo en el bosque de Big Bear para llegar al circuito de tirolesas, todo el equipo de seguridad como cascos, arneses y guantes proporcionado en el lugar, agua para beber durante toda la aventura, acceso a baños en el campamento base y la guía de profesionales que se encargan de toda la logística para que solo te concentres en volar por las nueve tirolesas (y cruzar ese puente colgante salvaje) sin preocuparte por nada más.
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Leer todas las reseñas ›Ya estábamos dando saltos en la parte trasera de este camión todoterreno, con agujas de pino golpeando las ventanas, cuando me di cuenta de que tenía las manos un poco sudadas. Nuestro guía, Marcus, bromeaba sobre la “terapia del aire de montaña”, pero la verdad es que mis nervios hacían más ruido que el motor. El viaje en sí se sentía como parte de la aventura: dos millas adentrándonos en el bosque antes de ver el primer cable. Podía oler resina y algo terroso (¿sería mi propio sudor nervioso?), y de repente paramos en un claro que parecía sacado de una película de acción.
La charla de seguridad fue rápida pero completa: cascos, guantes, arneses. Marcus revisó cada correa dos veces. Hubo un momento en que intenté ajustar el casco y se me giró de lado; él sonrió y me lo arregló sin hacerme sentir tonto. La primera tirolesa fue más corta de lo que esperaba, pero wow — ese primer salto es otra cosa. El viento en la cara, los árboles borrosos debajo y luego risas detrás de mí, de alguien más valiente en el grupo. La palabra clave aquí es tour de tirolesas Big Bear — porque eso es justo lo que tienes: pura velocidad sobre el Bosque Nacional San Bernardino con el Valle Johnson extendiéndose hasta donde alcanza la vista.
Después del primer recorrido llegamos a un puente colgante que parecía sacado de una vieja película de aventuras — tablas de madera crujían bajo los pies, las cuerdas se movían más de lo que me gustaría admitir. Si te atreves a mirar, puedes ver todo el valle abajo (yo eché un vistazo una vez). Me temblaban las piernas, pero nuestro guía seguía hablando de la fauna local y de cómo a veces se ven halcones desde ahí arriba. No vi ningún ave, pero sí las escuché llamar entre los pinos.
Las siguientes ocho tirolesas fueron cada vez más rápidas — en la quinta ya no pensaba en caerme, sino que gritaba al viento solo porque se sentía increíble. Hay una línea donde puedes ver el Monte San Gorgonio justo adelante, con nieve incluso en primavera; es extrañamente tranquilo allá arriba entre los picos de adrenalina. Para la última bajada mis manos ya no temblaban y casi no quería que terminara. A veces todavía pienso en esa vista cuando cierro los ojos por la noche.
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