Disfrutarás un café con los locales cerca de los Lagos de Covadonga, pasearás por puentes milenarios en Cangas de Onís, probarás fabada asturiana y contemplarás las vistas de Lastres, todo acompañado por una guía que conoce cada historia. Momentos de calma en lagos de montaña y risas con sidra derramada antes de regresar a Oviedo con recuerdos nuevos.
La excursión dura todo el día, con salida temprano desde Oviedo y regreso por la tarde tras visitar todos los puntos.
Se para a comer en Cangas de Onís, donde puedes probar platos típicos asturianos; la comida es por cuenta propia y no está incluida.
La recogida es en un punto céntrico de Oviedo; no se especifica recogida en hoteles.
Sí, la entrada a los Lagos de Covadonga está incluida en el precio del tour.
La excursión es apta para todos los niveles; los bebés pueden ir en cochecito o silla de paseo.
El contenido de referencia no especifica idiomas; consulta directamente con Buendía Tours si lo necesitas.
Visitarás los Lagos de Covadonga, la Basílica, Cangas de Onís con su puente romano, vistas a playas costeras y el mirador de Lastres.
Sí, tendrás tiempo libre en Cangas de Onís para explorar o disfrutar de la gastronomía local por tu cuenta.
Tu día incluye recogida grupal en punto de encuentro en Oviedo, visitas guiadas por los paisajes y lugares sagrados de Lagos de Covadonga como la Basílica y la cueva, con entradas incluidas. También caminarás por Cangas de Onís y Lastres antes de volver por la tarde — solo trae hambre para la comida asturiana en el camino.
Apenas bajamos del bus en Covadonga cuando nuestra guía, Ana, me ofreció una tacita de café — me dijo que es lo que hacen los locales antes de subir a los lagos. Yo aún estaba medio dormido, para ser sincero. El aire estaba más frío de lo que esperaba para julio, y se olía la hierba mojada por todos lados. Ana señaló las nubes que se deslizaban sobre el Lago Enol y el Lago Ercina — los llamó “los espejos de Asturias”, algo poético hasta que mi amigo intentó hacerse un selfie y solo captó niebla. Había vacas sueltas, con sus cencerros sonando detrás. Me gustó que en el Mirador de Entrelagos nadie nos apurara; nos quedamos un rato en silencio, dejando que la vista se asentara.
La Basílica de Covadonga parecía casi irreal en medio de tanto verde. Seguimos a Ana por los arcos de piedra mientras nos contaba historias de Pelayo (creo que lo escribí mal), que según ella inició aquí toda una rebelión. Dentro de la cueva donde está La Santina, la gente encendía velas y susurraba oraciones — no soy religioso, pero había algo en el ambiente que se sentía solemne y tranquilo. El aire olía a cera y piedra húmeda. Intenté dar las gracias en español y me salió raro; Ana solo sonrió como si hubiera oído cosas peores.
La comida en Cangas de Onís fue un caos divertido — gente por todos lados, escanciando sidra desde alturas imposibles (yo me manché los zapatos). Probamos fabada, con un sabor ahumado y contundente, aunque no pude terminarla toda. El rato libre lo pasé cruzando el viejo puente romano con su cruz colgando — no esperaba sentir nada especial, pero hay algo en esas piedras antiguas que te hace pensar en el tiempo de otra manera. Luego seguimos por la costa hacia Lastres; por la ventana del bus se veían playas pasar rápido, con el sol reflejándose en el agua un momento y desapareciendo tras las nubes al siguiente.
Lastres es puro callejón empinado y puertas azules. Subimos al mirador — Ana dijo que aquí los locales vienen a discutir de pesca, política o fútbol. El viento casi me vuela el sombrero, pero parado ahí arriba, mirando esos tejados rojos y el mar bravo... a veces vuelvo a ese instante cuando el ruido de casa me abruma.

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