Recorrerás el desierto del Sinaí en quad, te mecerás en camello al caer la tarde, beberás té fuerte junto al fuego en un campamento beduino y cerrarás el día con sabores de barbacoa bajo el cielo abierto mientras bailarines lanzan chispas en la oscuridad. No es algo pulido ni lujoso — son momentos auténticos unidos por risas y polvo.
La experiencia dura desde la tarde hasta la noche, incluyendo recogida en hotel, paseo en quad, camello, cena y show en vivo.
Sí, la recogida y el regreso al hotel están incluidos en Sharm El Sheikh.
Se disfruta relajándose junto al fuego, tomando té tradicional beduino, cenando barbacoa y viendo espectáculos de danza y fuego en vivo.
No se requiere experiencia previa; antes de salir hay una charla de seguridad para conducir por el desierto del Sinaí.
Sí, se ofrece una cena de barbacoa en el campamento beduino junto con té.
Este tour no es recomendable para embarazadas ni personas con problemas de columna o corazón.
Tu día incluye recogida y regreso al hotel en Sharm El Sheikh, todo el equipo de seguridad para conducir quad por los senderos del desierto del Sinaí, un paseo corto en camello al ritmo del atardecer, tiempo para relajarte en un auténtico campamento beduino tomando té tradicional junto al fuego, además de una cena completa de barbacoa con entretenimiento en vivo con bailes y shows de fuego antes de regresar tarde en la noche.
Ya estábamos cubiertos por una fina capa de polvo cuando nuestro guía, Ahmed, nos entregó los cascos y sonrió como si supiera lo que venía. Los quads en Safari Sharm El Sheikh parecían más robustos de lo que esperaba — nunca había conducido uno, pero la verdad es que no hay mucho tiempo para pensarlo. El rugido del motor se mezclaba con ese viento seco que sabe un poco a sal y arena. Seguimos las huellas de Ahmed por el desierto del Sinaí mientras el sol empezaba a esconderse tras esas montañas escarpadas — aún no naranja, pero casi. Mis manos temblaron en el manillar durante los primeros diez minutos.
Después de la adrenalina del quad, todo se calmó rápido. Los camellos nos esperaban, masticando con esa paciencia aburrida que solo ellos tienen. Subirse a uno es torpe (casi me caigo de lado), pero una vez arriba es sorprendentemente tranquilo — solo el aire silencioso del desierto y ese suave vaivén. Ahmed nos señaló dónde a veces los beduinos montan sus tiendas para pasar la noche. Nos contó de su tío que todavía vive así; intenté imaginarlo, pero no lograba pensar en cambiar el wifi por las estrellas.
El campamento beduino era sencillo — esteras tejidas, mesas bajas, un fuego ya encendido aunque el crepúsculo aún no llegaba. Alguien me pasó un té negro dulce en un vaso tan caliente que casi lo dejo caer. El aroma de la carne a la parrilla flotaba mientras la gente empezaba a reír con más facilidad; tal vez era el alivio después de tanta adrenalina o simplemente el hambre haciendo efecto. Hubo un momento en que el artista del fuego lanzó chispas al cielo y todos guardamos silencio por un instante — luego la música volvió y nos pusimos a aplaudir con extraños de tres países distintos en nuestra mesa. A veces aún recuerdo ese silencio.

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