Saldrás de Livingstone hacia Mosi-oa-Tunya para un safari en 4x4 con guía local, seguido de un paseo tranquilo para ver rinocerontes blancos muy de cerca. Disfruta momentos auténticos: snacks bajo acacias, historias reales del guía y ese silencio especial cuando finalmente ves a los rinocerontes pastando cerca.
El safari combinado y el paseo duran alrededor de 2 horas.
Sí, se incluye recogida en tu alojamiento o lugar preferido en Livingstone.
Sí, puedes escoger turno de mañana o tarde para tu tour.
Las entradas al parque están incluidas en el precio del tour.
Durante el safari también puedes ver impalas, cebras, aves y más fauna.
El tour es apto para la mayoría, pero no se recomienda para personas con problemas cardiovasculares.
Se proporciona agua embotellada y snacks durante el recorrido.
Tu experiencia incluye recogida en Livingstone, pago de entradas al parque por el guía al llegar a Mosi-oa-Tunya, agua embotellada y snacks durante el recorrido, además de acompañamiento durante el safari en 4x4 y el paseo a pie antes de regresar a la ciudad.
Después de media hora recorriendo el polvoriento camino de Mosi-oa-Tunya, nuestro guía Joseph frenó el 4x4 y señaló un grupo de impalas que se escapaban entre la maleza. Yo aún masticaba un cacahuete del snack que nos dieron al recogernos (la verdad, no esperaba que los snacks supieran tan bien tan lejos de la ciudad). El aire olía intenso: hierba seca y un toque dulce que no lograba identificar. Joseph hablaba en voz baja mientras nos contaba cómo los guardaparques cuidan a los rinocerontes blancos las 24 horas. Se oían pájaros detrás, pero lo que predominaba era el crujir de las ruedas sobre la grava y la emoción contenida de todos.
Tras ver cebras más cerca de lo que imaginaba, Joseph paró junto a un matorral y dijo que era hora de caminar. Confieso que al bajar del vehículo sentí el corazón latir fuerte en los oídos. Lo seguimos en fila india, tratando de no romper ramas ni hacer ruido. El sol ya se colaba entre los árboles, tiñendo todo de un dorado casi irreal. De repente, ahí estaban: dos rinocerontes blancos pastando como si nuestra presencia fuera lo más normal del mundo. Manteníamos la distancia, pero la cercanía era sobrecogedora. Su piel parecía casi prehistórica, gruesa y agrietada como la corteza de un árbol viejo. Susurré un “asante” (aunque no era el idioma correcto), y Joseph sonrió igual.
Ese momento tranquilo con los rinocerontes sigue en mi mente: nadie se movía ni respiraba fuerte. De regreso al 4x4, alguien preguntó si uno se acostumbra a verlos así. Joseph negó con la cabeza y dijo que cada día es diferente aquí. Bebimos agua y comimos más snacks antes de volver a Livingstone; mis zapatos estaban llenos de polvo, pero ya poco me importaba.
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