Entrarás en silencio a un templo privado en Kioto cerrado al público para meditar Zen guiado por un monje local. Aprende lo básico del Zazen, comparte matcha y dulces tradicionales en la veranda y pasea por jardines tranquilos, todo con apoyo en inglés. Aquí hay espacio para el silencio y pequeños descubrimientos que te acompañarán mucho después.
Sí, se realiza en un templo privado no abierto al público.
No, el monje te guía desde cero en el Zazen.
Sí, contarás con apoyo en inglés durante toda la visita.
El templo escondido está cerca del parque Kodaiji en Kioto.
Después de meditar te servirán té matcha y dulces tradicionales japoneses.
Sí, puedes hacer fotos con el monje y en los jardines del templo.
La experiencia es apta para todos los niveles físicos.
Tu visita incluye la entrada a un templo privado cerca del parque Kodaiji, guía en inglés y la compañía del monje residente durante la sesión de meditación Zen, además de té matcha y dulces tradicionales japoneses tras la práctica—todo antes de regresar a la vida urbana.
“Siéntate como si fueras una montaña”, dijo el monje, y casi me río porque mis rodillas ya protestaban a los dos minutos. Acabábamos de cruzar la vieja puerta de madera de este pequeño templo cerca del parque Kodaiji—sin turistas, solo el leve aroma del tatami y el incienso. Nuestra guía, Emi, nos contó que casi nadie entra aquí. Hablaba en voz baja, como si no quisiera despertar algo antiguo en esas paredes.
Había intentado meditar antes, pero nunca así. La túnica del monje susurraba al caminar mientras nos enseñaba el Zazen: cómo doblar las piernas, dónde apoyar las manos, incluso cómo respirar (yo estaba demasiado pendiente de todo). Afuera, un cuervo graznaba en algún rincón del jardín. Mi mente se escapaba al almuerzo o a los correos, pero hubo un instante—quizá cinco segundos—en que todo se quedó en silencio dentro de mí. Aún recuerdo esa calma.
Después nos sentamos en la veranda con matcha y unos dulces tan bonitos que daban pena comerlos. Emi me enseñó a girar el cuenco antes de beber (seguro que lo hice mal). El jardín era solo musgo, piedras y un arce que empezaba a teñirse de rojo en las puntas. Olía a lluvia aunque no había llovido en días. Nos hicimos una foto con el monje—sonreía tan suavemente que me dio vergüenza pedir otra. Y entonces llegó el momento de volver a la Kioto de siempre, pero con una sensación de ligereza distinta.

¿Necesitas ayuda para planear tu próxima actividad?