Recorre las calles serpenteantes de Florencia con un guía local, prueba quesos añejos y vinagre balsámico antes de sentarte a disfrutar pasta fresca con trufa y un jugoso bistec a la florentina. El vino ilimitado anima la velada y terminas aprendiendo a distinguir el gelato auténtico o simplemente saboreando un cannoli perfecto. Después de una noche así, la ciudad se siente más cálida.
El tour dura aproximadamente 4 horas.
Sí, el vino ilimitado está incluido durante toda la comida.
Probarás quesos añejos, embutidos, pasta con trufa, bistec a la florentina, crostini, gelato o cannoli.
Sí, un guía experto local acompaña toda la experiencia.
Sí, todas las áreas y opciones de transporte son accesibles para sillas de ruedas.
El contenido de referencia no especifica opciones vegetarianas.
No se menciona recogida en hotel; los detalles del punto de encuentro se proporcionan tras la reserva.
Tu noche incluye degustaciones de queso y prosciutto con vinagre balsámico de 30 años explicado por tu guía, paradas de comida callejera para crostini, una cena sentada con pasta casera de trufa y bistec a la florentina con vino ilimitado durante toda la velada, además de elegir entre gelato auténtico o cannoli fresco antes de despedirte de las calles iluminadas de Florencia.
¿Alguna vez te has preguntado si Florencia sabe tan bien como dicen? Yo sí, así que me apunté a este tour gastronómico, principalmente porque “pasta con trufa” sonaba a algo que no quería perderme. Nos encontramos con nuestra guía cerca del río justo cuando las luces de la ciudad empezaban a encenderse. Nos dio unos vasitos con algo burbujeante (no recuerdo el nombre, no era prosecco, pero parecido), y nos apoyamos en la barandilla mientras veíamos los tejados teñirse de naranja. Alguien cerca estaba asando castañas; el aroma dulce del humo flotaba en el aire.
Recorrimos callejones que parecían sacados de otra historia — ropa tendida sobre nuestras cabezas, motos pasando zumbando. Nuestra guía, Sara, se detuvo frente a una charcutería y empezó a hablar del pecorino y el prosciutto como si presentara a viejos amigos. El vinagre balsámico tenía más años que yo (¡30 años!), denso y a la vez con un toque ácido. Intenté hacer un chiste sobre maridarlo con mi deuda estudiantil, pero solo conseguí sonrisas educadas. Luego probamos crostini con hígado de pollo — no es algo que pediría normalmente, pero la verdad es que me encantó.
La cena fue en un lugar pequeño donde el dueño gritaba “¡Buonasera!” a todos los que pasaban. Nos sentamos apretados alrededor de una mesa llena de platos desparejados. La pasta con trufa era terrosa y suave — a veces todavía recuerdo ese primer bocado cuando me toca almorzar triste en la oficina. Y luego llegó el bistec a la florentina: grueso, poco hecho en el centro y con ese toque ahumado de la parrilla. Se sirvió tanto vino que al rato nadie se preocupaba por a quién pertenecía cada copa. De postre aprendimos a reconocer el gelato auténtico (el de pistacho no era verde neón — parece que eso importa), aunque yo me decanté por un cannoli porque, ¿por qué no?
Me fui lleno, pero no solo de comida — más bien sentí que Florencia se había metido un poco bajo mi piel. Caminando de regreso entre tiendas cerradas y el eco de mis pasos sobre las calles de piedra, fue una de esas noches que no intentas resumir en pocas palabras.

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