Recorre en e-bike las verdes colinas de Bérgamo con un guía local, pedalea junto a las históricas murallas venecianas, entra al Castillo de San Vigilio para disfrutar de vistas panorámicas y vive esos pequeños momentos — como el aroma de flores silvestres o el sonido lejano de campanas — que hacen inolvidable esta excursión.
Sí, el tour es para todos los niveles de forma física, siempre que tengas al menos 16 años.
Sí, la entrada al Castillo de San Vigilio está incluida en la reserva.
Sí, cada participante recibe un casco para garantizar la seguridad durante el recorrido.
La edad mínima es de 16 años.
Sí, se incluye seguro de responsabilidad civil para todos los participantes.
No se recomienda para embarazadas ni personas con problemas de columna o cardiovasculares.
Se pueden solicitar asientos especiales para bebés si es necesario.
Las e-bikes permiten entrar en áreas con tráfico limitado donde no pueden pasar los coches.
Tu día incluye el uso de una e-bike ajustada para ti, entradas al Castillo de San Vigilio abiertas por tu guía certificado de mountain bike que te acompaña todo el recorrido, casco para cada ciclista y seguro de responsabilidad civil para que disfrutes sin preocupaciones de cada vista desde la cima antes de regresar juntos al centro.
Empezamos nuestro tour en e-bike por Bérgamo justo cuando la ciudad despertaba — esa mañana en la que el aire aún conserva el frescor de la noche anterior. Nuestro guía, Luca, repartió cascos y se aseguró de que todos supiéramos ajustar las bicicletas (yo me enredé un poco, pero él solo sonrió y me ayudó). El primer tramo nos llevó junto a las antiguas murallas venecianas. Se escuchaban campanas de iglesia resonando a lo lejos, y las piedras bajo las ruedas eran más suaves de lo que esperaba. Un aroma a café espresso flotaba desde una cafetería que cruzamos — casi me detengo ahí mismo.
Subir la cuesta no fue nada difícil con estas e-bikes. Recorrimos callejones estrechos y de repente estábamos por encima de todo, mirando los tejados de cerámica y los parches verdes que parecían de otro mundo. En el Castillo de San Vigilio, Luca abrió una pequeña puerta para nosotros (la entrada está incluida), y subimos hasta un mirador que, según nos dijo, los locales adoran al atardecer. El viento se levantó y tuve que sujetarme el sombrero — pero qué vista. Alguien del grupo intentó nombrar todos los pueblos que se veían; yo acerté la mitad. Hubo un momento de silencio, donde nadie habló, solo disfrutamos el paisaje.
Después seguimos pedaleando por las colinas de Bérgamo — olivos a un lado, flores silvestres por doquier. Olía a hierba recién cortada y a algo herbal que no supe identificar. Un par de señores mayores nos saludaron desde su jardín; parecían divertidos con nuestros cascos o simplemente felices de ver gente disfrutando de su ciudad. Para entonces mis piernas ya se sentían sueltas, nada cansadas — lo que me sorprendió porque no soy muy deportista. Terminamos cerca de donde empezamos, con el sol más alto y las calles más animadas. Aún recuerdo ese silencio en lo alto de San Vigilio.

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