Recorre en e-bike el campo del Valle d’Itria, entre olivares y muros de piedra, desde Martina Franca hasta los trulli de Alberobello y las callejuelas de Locorotondo. Disfruta de cafés fuertes, risas con locales y momentos para desconectar—todo con el equipo listo para que solo tengas que pedalear.
El tour dura varias horas incluyendo paradas en ambos pueblos y regreso a Martina Franca; el ritmo se adapta al grupo.
Sí, el alquiler de la e-bike y el casco están incluidos en el precio del tour.
Se puede solicitar un traslado por un coste extra desde 30 € o 1,5 € por km.
Ropa cómoda para pedalear; todo el equipo necesario está incluido en la reserva.
No incluye comida, pero hay paradas para café y opciones para comprar snacks en el camino.
Este tour no menciona cata de vinos; para familias con niños pequeños hay asientos especiales disponibles.
No se recomienda para embarazadas ni personas con problemas de columna o cardiovasculares.
El día incluye uso de e-bike con pedal asistido, casco, todo el equipo necesario, y la guía de un experto local por los caminos más bonitos del Valle d’Itria—además, si quieres, puedes contratar un traslado antes o después del recorrido.
Con las manos firmes en el manillar, olía a hinojo silvestre antes de ver el primer grupo de trulli. Nuestro guía, Paolo, nos indicó un sendero estrecho a las afueras de Martina Franca—sin coches, solo el zumbido de nuestras e-bikes y algún perro ladrando detrás de muros de piedra. El campo del Valle d’Itria no presume su belleza; la va mostrando poco a poco. Olivos, muros bajos de piedra seca, un sol suave que se cuela sin avisar. Pensaba en lo distinto que era esto de pedalear en la ciudad—sin bocinas, solo pájaros y voces lejanas entre las viñas.
Después de una hora, más o menos (perdí la cuenta), llegamos a Alberobello, con las piernas frescas gracias a la ayuda eléctrica. Paolo nos señaló el barrio Rione Monti—filas de esos trulli blancos con techos cónicos tan peculiares. Un anciano vendía higos cerca de la iglesia de Sant’Antonio; me ofreció uno y se rió cuando intenté decir “gracias” con la boca llena. El centro histórico parecía de película—pero con ropa tendida y niños corriendo por las esquinas. Paramos a tomar un café en un bar diminuto donde el espresso tenía un toque salado (quizá era mi sudor). Aún recuerdo esa vista sobre los tejados.
Luego llegó Locorotondo—un paseo rápido entre campos salpicados de amapolas y tuneras. Las calles del casco antiguo son tan estrechas que a veces toca bajarse de la bici; persianas pintadas de mil colores, abuelas sentadas en las puertas que nos saludaban al pasar. Paolo nos tomó una foto bajo un arco—salgo un poco ridículo con el casco, pero qué más da. De regreso hacia Martina Franca, hubo un tramo largo donde todo quedó en silencio salvo el crujir de las ruedas sobre la grava. No esperaba sentir tanta paz en un tour grupal, la verdad.
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