Comienza en Seydisfjordur y acompaña a un guía local por el campo salvaje de Islandia hasta el cañón Studlagil, donde sentirás el aire glacial y verás de cerca las famosas columnas de basalto. Luego, haz una pausa en la cascada Gufufoss para un momento de calma antes de regresar, todo coordinado para quienes llegan en crucero.
La excursión dura unas 5 horas en total, incluyendo aproximadamente 3 horas de traslado.
Sí, la recogida está incluida en el puerto de Seydisfjordur y se adapta a los horarios de los cruceros.
Se tarda alrededor de 60 minutos en coche desde Seydisfjordur hasta el cañón Studlagil.
Tendrás aproximadamente 60 minutos para explorar el cañón durante la excursión.
Gufufoss destaca por su niebla constante (“gufu” significa vapor) y su entorno tranquilo cerca de Seydisfjordur.
Sí, todos los impuestos y entradas están incluidos en el precio de la reserva.
Hay WiFi disponible a bordo del vehículo durante todo el recorrido.
La excursión es apta para todos los niveles físicos y ofrece asientos especiales para bebés si es necesario.
Tu día incluye recogida en el puerto de Seydisfjordur (ideal si llegas en crucero), transporte cómodo con aire acondicionado y WiFi, todas las entradas y tasas cubiertas, y un guía local que se encarga de que todo vaya sobre ruedas para que no tengas que preocuparte por horarios ni logística.
Lo primero que recuerdo es el silencio. Acabábamos de dejar atrás Seydisfjordur, serpenteando entre colinas que parecían demasiado verdes para ser Islandia. Nuestro guía, Hrafn, señalaba cómo la niebla se levantaba—decía que era buena señal. No sabía muy bien qué esperar de esta excursión al cañón Studlagil, solo había visto esas fotos en internet con el agua azul salvaje y esas columnas de roca tan perfectas. Pero verlo en persona… el aire junto al río se sentía más frío, con ese olor glacial, casi metálico, y cuando bajamos hasta la orilla, lo único que se escuchaba era el agua corriendo rápido sobre las piedras. Alguien del grupo intentó contar los lados de una de las columnas de basalto (¿hexágonos? ¿octágonos?), pero terminó riéndose y desistió.
El viaje desde Seydisfjordur duró alrededor de una hora—pero se me hizo más corto porque Hrafn no paraba de contar historias sobre cómo nadie sabía que este lugar existía hasta que construyeron esa presa cerca. Contó que antes la mayoría de estas rocas estaban bajo el agua. Ahora puedes estar justo al lado, pasar la mano por sus surcos (están más fríos de lo que imaginas) y ver cómo el río Jökulsá corre con ese azul helado contra la piedra gris. A veces sigo pensando en esa vista; es como si tu mente no pudiera decidir si es real o sacada de una película.
De regreso paramos en la cascada Gufufoss, que Hrafn llama “la vaporosa” por toda la niebla que la rodea. No es muy grande, pero tiene algo tranquilo—como si pudieras sentarte horas solo escuchando el agua. Mis zapatos acabaron empapados en las rocas (debería haber llevado botas mejores), pero para entonces ya no me importaba. Llegamos de vuelta al pueblo justo cuando algunos pasajeros del crucero salían a tomar un café—parecía que habíamos estado a kilómetros de distancia, aunque solo fueron cinco horas ida y vuelta.

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