Navega desde Húsavik hasta la isla Lundey con guías locales, acércate a colonias salvajes de frailecillos en época de cría y luego explora la bahía de Skjálfandi para ver ballenas—y a veces delfines. Bebidas calientes a bordo para el frío y narración en vivo que hace cada momento único. Hay algo emocionante y tranquilo en compartir espacio con estas criaturas.
Los frailecillos están presentes desde finales de abril hasta mediados de agosto; después del 15 de agosto solo hay tours de avistamiento de ballenas.
El tour dura aproximadamente 3.5 horas.
Sí, se ofrecen bebidas calientes y refrigerios ligeros durante el tour.
No se menciona recogida en hotel; los tours salen desde el puerto de Húsavik.
Sí, se entregan monos térmicos para mayor comodidad durante la salida.
El tour es accesible para sillas de ruedas y apto para todos los niveles físicos; los niños deben ir acompañados por un adulto.
Podrás ver ballenas jorobadas, minke, delfines de pico blanco, marsopas y muchas colonias de frailecillos en temporada.
Se recomienda reservar con anticipación en verano por la alta demanda.
Tu viaje incluye monos térmicos para el frío en la bahía de Skjálfandi, narración en vivo de un guía local profesional y capitán durante la parte de frailecillos y ballenas, bebidas calientes y refrigerios ligeros a bordo, además de descuentos para la entrada a los baños Geosea y el Museo de Ballenas de Húsavik tras la excursión.
Casi se me cae el móvil cuando el primer frailecillo pasó volando — son más pequeños de lo que imaginaba y, la verdad, bastante torpes en el aire. Nuestro guía, Einar, sonrió y dijo que son “pequeñas patatas voladoras”. Acabábamos de zarpar del puerto de Húsavik, abrigados con esos monos gruesos que te hacen sentir como un malvavisco, pero que igual te dejan la nariz fría. El barco cortaba el agua gris hacia la isla Lundey, y se podía oler el alga antes de ver todos esos picos naranjas amontonados en las rocas. Debían ser miles — parecía que todos los frailecillos de Islandia gritaban al mismo tiempo.
Después de dar varias vueltas alrededor de Lundey (intenté contar frailecillos pero me rendí en 40), nos adentramos más en la bahía de Skjálfandi para la parte de avistamiento de ballenas. Einar repartió chocolate caliente — que derramé un poco porque estaba distraído mirando la cola de una ballena jorobada golpeando la superficie. No te das cuenta de lo callado que se pone todo hasta que alguien ve un chorro de agua y de repente todos señalan y susurran. Las ballenas aquí son enormes, pero tienen una calma extraña. En un momento, un grupo de delfines pasó tan rápido que no dio tiempo a sacar fotos — solo destellos blancos y grises. No esperaba sentirme tan pequeño ahí afuera.
Le pregunté a Einar si alguna vez se aburre de este trabajo y se rió — dijo que cada día es distinto, a veces en verano temprano tienes suerte y ves ballenas azules. Me señaló cómo hasta los pájaros parecen saber cuándo las ballenas salen a respirar. Empezó a lloviznar al final, pero a nadie le importó; se te olvidan los calcetines mojados cuando ves a esas criaturas tan antiguas y grandes deslizarse justo bajo el barco. Ah, y te hacen descuento para los baños Geosea y el museo de ballenas, ideal para entrar en calor después. Pero sigo pensando en esos frailecillos, especialmente en uno que me miró fijo como si supiera que yo no tenía ni idea de lo que hacía.

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