Escalarás templos antiguos en Yaxha, verás monos y tucanes en plena selva, disfrutarás de un atardecer salvaje desde el Templo 216 y degustarás un auténtico almuerzo guatemalteco, todo acompañado por un guía que conoce cada historia.
Los niños pueden participar (los cochecitos están bien), pero hay que subir escaleras. Si tienes problemas cardíacos o dificultad para caminar, puede ser complicado.
El restaurante ofrece cinco platos locales: generalmente pollo, estofado de res (pepián), opciones vegetarianas, además de acompañamientos como tortillas y bebidas frescas.
Tendrás unas 2.5 horas para explorar Yaxha con tu guía, incluyendo tiempo para subir templos y ver el atardecer desde el Templo 216.
Probablemente verás monos y coatíes; tucanes también si tienes suerte. El guía te ayudará a encontrarlos en los senderos.
Tu excursión incluye transporte privado en vehículo con aire acondicionado, un almuerzo local completo con bebida, entradas y un guía experto y amable durante todo el recorrido.
Lo primero que noté al salir de Flores fue cómo cambiaba el aire: cálido, un poco pegajoso, con ese aroma terroso de la selva colándose por las ventanas del coche. Nuestro guía, Luis, nos recogió puntualmente y nos contó sobre el día que nos esperaba. A mitad de camino hacia Yaxha, nos detuvimos en el Lago Macanché. No es muy grande, pero es un remanso de paz: apenas unos pescadores y el canto de las aves entre los árboles. Luis señaló un pequeño pueblo al otro lado, donde aún pescan a mano.
El almuerzo fue en un lugar a la orilla del camino que jamás habría encontrado solo. El menú es todo comida local: pollo a la parrilla con salsa de tamarindo, pepián, y hasta opciones vegetarianas si lo pides. Yo elegí el pollo; venía con tortillas calientes y una bebida fría de hibisco. Nada sofisticado, pero la verdad es que cayó perfecto después de una hora en esos caminos llenos de baches.
Llegar a Yaxha es como entrar en otro mundo. La selva aquí es densa: monos aulladores arriba (¡qué ruido hacen!), tucanes que pasan volando y coatíes husmeando cerca de los senderos. Luis conocía cada rincón de las ruinas y nos contó historias sobre antiguos gobernantes mayas y por qué el Templo 216 se llama “las Manos Rojas”. Subimos varios templos (los escalones son empinados pero se pueden manejar), pero nada se compara con llegar a la cima del Templo 216 justo cuando el sol empieza a caer. Desde ahí arriba, ves un verde infinito que se extiende hasta el Lago Yaxha, y si tienes suerte —como nosotros— el cielo se pinta de naranja y rosa detrás de los árboles. La caminata de regreso es corta; el crepúsculo despierta más sonidos de animales de los que esperaba. Luego, dos horas de regreso a Flores o El Remate, cansados pero felices de verdad.

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