Únete a locales en una terraza de Mendoza para una clase de asado: prepara empanadas, disfruta Malbec, carnes ahumadas a la leña y termina con un brindis de Fernet con Coca mientras las luces de la ciudad brillan abajo. Risas, nuevos amigos y sabores inolvidables te esperan.
Sí—hay opción vegetariana si lo pides al reservar.
La ubicación céntrica es fácil de alcanzar en Uber o transporte público.
Sí—durante la cena probarás vinos locales de Mendoza.
Si el clima no acompaña, la cena se traslada al living del piso de abajo.
Sí—los bebés pueden asistir pero deben estar en el regazo de un adulto durante la cena.
Debes subir dos pisos para llegar a la terraza.
Sí, hay opciones de transporte público cerca del lugar.
Prepararás empanadas; disfrutarás chorizo, morcilla, matambre de cerdo, cortes de carne; además salsas, pan, postre y bebidas.
Tu noche incluye hacer empanadas con el anfitrión en el centro de Mendoza, generosas copas de Malbec durante la cena, carnes a la leña como chorizo y matambre en una terraza (o adentro si hace falta), además de cerveza, agua, pan con salsas, y termina con Fernet con Coca antes del postre.
Jamás olvidaré ese primer paso en la terraza de Mendoza—dos pisos arriba, un poco sin aliento (culpa de la altura), y de repente una vista abierta: luces de la ciudad parpadeando abajo, los Andes aún atrapando los últimos rayos del sol. Nuestro anfitrión, Martín, nos llamó como si fuéramos viejos amigos. El aire olía a humo de leña y algo intenso—la carne ya chisporroteaba en algún lugar fuera de vista. Esperaba buena comida, pero no imaginaba cuánto importaría el ambiente. Era como descubrir un secreto.
Empezamos con empanadas—Martín me pasó la masa y me enseñó a cerrar los bordes justo así. Las mías quedaron un poco torcidas; él sonrió y dijo que igual iban a estar ricas. Se escuchaban risas alrededor de la mesa (alguien había abierto la suya por completo). Mientras esperábamos que el carbón estuviera listo para el asado, picoteamos esas empanadas aún tibias, acompañándolas con Malbec que sabía más profundo que cualquier vino que hubiera probado en casa. El vino no paraba de llegar—nadie tenía prisa.
Cuando Martín finalmente sacó el chorizo y la morcilla (al principio dudé—la morcilla no es lo mío), nos explicó cada corte y por qué era especial. La carne estaba ahumada y tierna; juro que aún recuerdo ese primer bocado de matambre. Había pan para mojar los jugos, pequeños recipientes con salsas, y hasta cerveza para variar. En un momento alguien preguntó por Fernet con Coca—Martín se rió y dijo que acá es casi obligatorio antes del postre.
Ya era de noche y hacía más fresco afuera, pero nadie quería moverse adentro. Brindamos con Fernet (es raro, herbal, pero te va gustando) y compartimos historias hasta tarde. Sigo pensando en esa noche—cómo todos se relajaron después de unos tragos, lo fácil que fue charlar aunque apenas nos conociéramos. No se trataba solo de recetas o técnicas; era como ser parte de la vida de alguien por una noche—y sí, quizás comer demasiada carne.
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